COMO SE CONSTRUYE LA CONDUCTA EMOCIONAL EN EL NIÑO PEQUEÑO

Las sensaciones que percibe el niño desde su nacimiento producen emociones, el que responde tanto al efecto físico de la sensación como a la emoción surgida y, como todo ello se produce en un contexto relacional dado, el niño va construyendo el significado de sus experiencias emocionales a partir de sus interacciones con las personas que lo cuidan. La actitud de estas personas desencadena respuestas en los niños, respuestas que son propias de cada uno de ellos, y a su vez el niño estimula con su presencia al adulto y así se establece un lazo único entre ellos. El niño que reacciona con una sonrisa a la voz del adulto producirá una reacción diferente en él, que aquel que no muestra interés al oír su voz; por otra parte, el adulto que atiende al niño que se hace notar, ya sea con su llanto o gesticulando y pasa de largo sin atender al que está “callado” y “tranquilo”, provocará respuestas diferentes en cada uno de ellos. De esta forma cada niño irá construyendo el concepto de sí mismo, la toma de conciencia de una realidad externa a él, la idea de moralidad y el pensamiento.

En su libro “Educar con inteligencia emocional”, Maurice, Stevens y Bryan (1999) hacen referencia a cómo las experiencias emocionales que surgen de estas interacciones constituyen la base del desarrollo mental. Para S. Greenspan (1998), las emociones organizan y coordinan muchas de las funciones cerebrales y juegan un rol preponderante en el desarrollo de la inteligencia al servir de puente entre el deseo, el afecto y el propósito y la acción o respuesta. Para él, cualquier forma de pensamiento es guiada en su inicio por las experiencias emocionales, como lo destaca D.Goleman (1996).

En el ámbito de la educación del niño(a) estos planteamientos no son nuevos; sin embargo, el reconocimiento, más allá de toda discrepancia, de la influencia que ejercen las primeras experiencias emocionales interactivas en la modificación de la estructura cerebral, es un factor cuyo significado conviene comentar a la luz de los avances bioneurológicos. Como lo explicitan J. Mehler y E. Dupoux (1994), “el cerebro humano está cambiando en forma permanente”.

El crecimiento del cerebro se inicia antes de que los primeros pensamientos sean registrados en él. Las neuronas se activan con la experiencia y así establecen conexiones, de ahí la importancia de los primeros intercambios emocionales del niño con la persona que lo cuida. A través de ellos el niño aprenderá a tomar conciencia de sus sensaciones y a organizar su capacidad de atención y, una vez logrado esto, comenzará a construir sus relaciones con los demás, desarrollando preferencias y estableciendo diferencias entre personas y objetos. En este proceso selectivo influyen sus experiencias emocionales enriqueciendo su capacidad para relacionarse.

Durante todo este período de aprendizaje preverbal, en que emociones y conductas están estrechamente vinculadas a las sensaciones (besos, caricias), el rol de la educadora es determinante: una respuesta afectiva pertinente y una acción incentivadora cálida ayudarán al niño a comprender cómo sus actos desencadenan respuestas ajenas a él, afianzando su concepción de una realidad externa, más allá de sus deseos y de su persona; por el contrario, una conducta poco comprometida afectivamente de parte de la educadora provocará desmotivación y desorganización en el niño.

Así, paulatinamente, irá descifrando los mensajes del entorno y ajustando su conducta en función de sus experiencias emocionales, lo que significa ya un comportamiento intencional, a partir del cual irá construyendo sus modelos mentales como lo destacan J. O’Connor e I. Mc Dermontt (1998).

El intercambio relacional con personas significativas en el primer año de vida le enseñará a interpretar las reacciones de los demás y sus experiencias emocionales le permitirán evaluar cómo actuar en consecuencia.

De ahí en adelante sus interacciones se tornarán más complejas, sus acciones y respuestas también. Aprenderá a reconocer patrones de conducta en los otros y a imitarlos, comenzará a manejar ideas y no sólo acciones y estas ideas, como imágenes que se suceden en su interior, le permitirán pensar las acciones antes de ponerlas en práctica. Con el desarrollo del lenguaje verbal, pronto podrá sustituir dichas acciones por palabras.

La relación afectiva educadora-niño en este período adquiere un carácter dialogal, ella debe hacerle sentir placer por la comunicación y el diálogo interactivo, respondiendo a sus requerimientos con una invitación a la reflexión y no sólo a la acción; por ejemplo, si el niño dice “quiero la pelota”, ella puede ir más allá de responder “bueno” o simplemente pasarle la pelota, preguntando “qué harás con ella”, para así incitarlo a pensar en su petición y no sólo a satisfacer su necesidad de acción; de esta forma el niño irá adquiriendo práctica en la elaboración de ideas y en la reflexión sobre sus emociones, propósitos y deseos.

La educadora deberá encontrar estrategias adecuadas de interacción en cada situación y etapa del proceso educativo, así como para cada niño en particular, ya que su relación con cada uno de ellos es personal y única, y la etapa por la que ellos atraviesan es decisiva para la construcción de la confianza en uno mismo, el sentido de seguridad y la elaboración de las relaciones interpersonales.

La estructura de la sociedad actual no favorece un proceso educativo personalizado y el carácter impersonal de las relaciones, que se establecen en los centros educativos, poco contribuye a fortalecer el potencial intelectual que nace y crece en la interacción afectiva niño-adulto; es por esto que se hace perentorio terminar con la dicotomía entre emoción e intelecto y reconocer que el desarrollo intelectual está dinámicamente enlazado con las emociones y, en consecuencia, es necesario educar conjuntamente ambos aspectos de la inteligencia, favoreciendo la construcción de aprendizajes intelectual y emocionalmente significativos.

Fragmento de:

FONTAINE PEPPER, Ivonne. EXPERIENCIA EMOCIONAL, FACTOR DETERMINANTE EN EL DESARROLLO CEREBRAL DEL NIÑO/A PEQUEÑO/A. Estud. pedagóg. [online]. 2000, n.26 [citado  2011-09-18], pp. 119-126 . Disponible en: <http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-07052000000100009&lng=es&nrm=iso>. ISSN 0718-0705.  doi: 10.4067/S0718-07052000000100009.

REFERENCIAS

Gardner, H. (1998 ). Inteligencias múltiples. Barcelona: Paidós,

Goleman, D. (1996). Inteligencia emocional. Buenos Aires: Vergara S. A.

Greenspan, S., Benderly, B. (1998). El crecimiento de la mente. Barcelona: Paidós.

Kandel, E. R., Schwartz, J. N., Jessell, T. M. (1997). Neurociencia y conducta. Madrid: Prentice Hall.

Maurice, E., Steven, E. T., Bryan, S. F. (1999). Educar con inteligencia emocional. Barcelona: Plaza y Janés S.A.

Mehler, J., Dupoux, E. (1994). Nacer sabiendo. Madrid: Alianza.

O’Connor, J. Mc., Dermontt, I. (1998). Introducción al pensamiento sistémico . Barcelona: Urano.

Sternberg, R. J. (1997). Inteligencia exitosa. Barcelona: Paidós.

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *